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"Las historias" de Ricardo Mezzera

"Las historias" de Ricardo Mezzera

Equipo Editorial CAU

"Otro destacado integrante de la Comisión de Cultura, Ricardo Mezzera, abogado y escritor, nos envía un cuento inédito, que publicamos."

Las historias

            Una línea provoca (casi siempre) una sensación de tranquilidad. Una línea (¡!una recta ¡¡¡ decía un nuboso profesor de geometría) se dirige. Manda en un plano. Su escaso lugar de dos dimensiones se compensa largamente con su densidad, su fantástica habilidad para que cualquiera de sus segmentos contenga infinitos puntos. Es derechamente segura. Trasmite una dureza flaca, sobria, socrática. Los argumentos de su inexistencia en la realidad, de su imposibilidad más allá de los planos y de los geómetras, no son, en fin, relevantes. No interesan. Está allí, sin florecimientos. No se bifurca y no nace de ninguna bifurcación. No rodea nada, no abraza, no se deja encerrar, o convencer o sobornar.

            Aseguran que es abierta, es decir, que no comenzó ni puede terminar. Aunque todos saben que parece viajar, que no es posible imaginar infinitos inmóviles, y la recta (perdón, la línea) tiene que correr, que fluir, que tender. Pero no. Queda en el dibujo con escasas puntas en las puntas que parece que quieren decir que sigue por donde no sigue. Esas puntitas, que son una convención de dibujantes con poca imaginación y papeles chicos, no alcanzan. Si son abiertas, entonces que sigan, que se extiendan. Si son densas, que abran sus entrañas llenas de puntos, que demuestren eso que nadie en su sano juicio debería aceptar: que entre dos puntos habrá siempre infinitos puntos.

            - Eso es un invento de ... de sublimadores, dijo con asco.

            La mesa parecía simplemente equidistar de todas las referencias del lugar. De la entrada, de cualquiera de las dos ventanas, de las otras seis mesas posibles, de las sillas imaginables y de las mesas posibles. Del mostrador alto que custodiaban la caja y su operador. De las fotos y el almanaque que juntaban el hollín diesel llovido por todos lados, imperceptible hasta que a alguien se le ocurría revisar en detalle sus zonas horizontales y poco frecuentadas. A una distancia fija del diario del lejano vecino sentado hacia un costado, desplegado como una pantalla, como un disfraz obvio e innecesario porque a pocos les importaba la identidad del poseedor, y el operador de la caja había renunciado a cobrarle al inquilino los consumos, resignado ya al lector mal pagador.

            - Así que sublimadores ...

            - Sé...sublimadores. Las rectas son inventos de sublimadores.

            Lejos el vecino amasaba su diario para cambiar de página, una compleja maniobra que implicaba mayor despliegue aún, y un vaivén brusco y experto buscando un doblez que la máquina no imaginó para él, para que pudiera llegar a la sección de deportes desde los horarios de pago civil y escolar. No se le había podido ver la cara, y la crónica del cambio del director técnico de Liverpool había absorbido definitivamente su atención.

            Había allí siete mesas dispersas. La del hombre del diario, la propia, y otras cinco vacías e invitantes. Reordenadas varias veces en el día, todos los días, y sin embargo cada una manteniendo invariable el número adjudicado por el plan maestro del gendarme detrás del mostrador, que dividía su apática atención entre la concurrencia y la superficie del mostrador. Que es la frontera. Porque allí se divide el espacio. Lo que separa sus dominios exclusivos de aquellos lugares que pueden ser trajinados por extraños. Cada veinte minutos el hombre sacudía su inmovilidad y servía el rito, oficiando con el trapo esa mecánica de limpieza, permitiendo que milenariamente se depositaran mugres en la rajadura del mármol para dar testimonio de la persistencia comercial del establecimiento. Las vetas grises relucían en una dudosa humedad por unos segundos y volvían pronto y cansadamente a su opacidad de siempre.

            (Siete mesas. "Una por día. A ver..." había dicho uno hace tiempo, "señores, ejerciten sus conexiones cerebrales... Siete, otros siete...". "Los pecados", aporta un comensal. "Y las virtudes", siguieron llegando los desafíos aceptados. Silencio por unos segundos, y luego una sonrisa lenta y triunfante: "las Vírgenes prudentes y las necias..." El autor se reclinó satisfecho. Otro poco imaginativo se negó: "...son sólo mesas, che, parece mentira las vueltas que dan a las cosas." Y no dejaba de tener algo de razón. Pero el promotor retrucó: "Ya no son sólo mesas, pueden ser, por ejemplo, los enanos de Blancanieves...". "No", afirmó un tercero, "son las plagas". Ya se había restablecido el duelo: "O los Samurais". "En una de esas son los Samurais," aceptó alguien, "pero yo me inclino por los sabios de Grecia." Todos sabían que ese diálogo no era de ellos, que ya había sido escrito o dicho por otros, pero la alternativa era política o fútbol, y un silencio pasajero trajo un nuevo triunfo: "Los siete contra Tebas.". No volaba una mosca, no había ruidos, sólo uno de ellos, el incrédulo, que miró hacia la ventana, pero que no pudo aislarse del todo de una pequeña tensión en el aire de los amigos. "Rama, la séptima representación de Visnú" descargó por fin el que menos había intervenido, con el tono de estar soltando el hacha triunfal. Y a los demás les quedó la idea de que desde el principio sabía de su buena carta y esperó con paciencia el desgaste de los contendores. Por unos momentos reinaron los ruidos normales del lugar y no hubo premios ni halagos, ni referencias posteriores. Esa era la norma principal. Y nadie pensó en Istar-Innina, que tuvo que atravesar siete puertas y en cada una de ellas dejar una prenda hasta quedar desnuda y seducir a su padre, Anu. Eso también hubiera decidido el duelo.)

            - No hay sublimación. La recta es la estilización del pensamiento. Nada más. Es desarrollo intelectual.

            - Nada. No es desarrollo, es recorte de la diversidad. Es una actitud mental que pretende que la elegancia es todo lo que es fácil de dibujar.

            La conversación había comenzado inesperadamente sobre el diseño del piso. Previsiblemente geométrico y con un cierto desgaste. Una franja ancha bordeaux rodeaba el piso, a medio metro de las paredes. Entre éstas y la franja, sólo baldosas negras. Hacia adentro del perímetro de la franja un damero de líneas en diagonal con las paredes. Baldosas negras y grises. El conjunto debió haber sido quizás elegante en algún momento, pero ha pagado los precios diarios que le cobran las pisadas de los clientes, el arrastrar de sillas y mesas, trapos, escobas, semanas. Había dos desfiladeros en los que las baldosas habían sufrido mucha más erosión que en los demás lugares. Angosturas en que los zapatos de los trajinantes se concentraban, venían de lugares dispersos del damero y pasaban sólo por allí: la puerta y la zona inmediata al mostrador. Donde los zapatos de suela y de goma y los tacos nocturnos y algunas muletas incluso martilleaban más.

La discusión comenzó a partir de la pregunta de uno: cuál sería el factor por el que se debían multiplicar las pisadas de cualquiera de los otros lugares para llegar al desgaste de ambos desfiladeros. Y no hubo manera de ponerse de acuerdo. Que no todas las pisadas previsiblemente producirían el mismo desgaste, que los materiales de los zapatos, que el peso de los trajinantes, que si arrastraban los pies o simplemente pisaban en forma ejecutiva y seca. A dios gracias la conversación se murió agotada por un chispazo de sensatez y los comentarios se dirigieron al estilo de las baldosas o a la época de su colocación. Alguien ensayó una teoría sobre la fachada de los veinte y eso encaminó la cuestión. Que si era común los dameros en los pisos, que si eso era de antes o si se hizo moda después. Que la preferencia de los arquitectos por las líneas. Que el círculo y sus millones de sentidos, que es la vuelta hacia el infinito o la imposibilidad del avance. Que el universo o la amputación de lo externo. La forma de la gota de agua, lo que crea la natura o lo que exige la mesa de trabajo del arquitecto.

            - Una línea es la única forma de entender....si no ordenás no entendés: hay que alinear, poner....

            - Ay, mi querido Cortez, cómo decírtelo... Sabés, todos acá te tenemos cariño, te conocemos de pibe, armamos juntos los picados, ... pero....

       - Es imposible asomarse a la red de los acontecimientos y entender. Hay que alinear las cosas, ver los antecedentes, y para explicar ese antecedente usamos el mismo método y también descubrimos las conexiones con otro hecho que lo determina.

            Un silencio que se anunciaba largo bajó del cielorraso. Miradas esquivas. El trapo humedeció nuevamente el mostrador.

            - Los pictos resisten al invasor, dijo uno de los comensales, que había hablado poco.

            - Los galos resisten al invasor, retrucó su vecino de mesa, y así siguieron.

            - La Bastilla cae mañana.

            - El siglo de Pericles no se llama así, todavía.

            - Carlomagno llora la pérdida de los poderes de Rolando.

            - Roma tendrá su acueducto en pocos años, dijo muy bajito, tímidamente uno de los muchachos.

            - Jasón encarga su nave a Argos, el constructor.

            - Ehh..., a ver....: un hombre pinta a oscuras en un lugar que se llamará Altamira.

            - Darío y los persas inventan algo para festejar el día del degollamiento de los magos.

            - Si... y Alejandro enlaza las ciudades de Susa, Persépolis, Ecbatana y Pasargades.

            - Júpiter fue colonizado hace dos años.

            - César y Ariovisto, el germano, celebran la última entrevista antes de dejar ocho mil muertos en el campo.

            - A propósito, debemos tener presente que ayer, antes del mediodía, Godiva se paseará por Coventry.

            - Un meteorito gigante acabó con medio planeta, a poco de estrenado el tercer milenio después de Cristo.

            - Están por cumplirse los cien días y hay que elegir entre los Borbones y Napoleón, dijo uno de los últimos.

            Nuevamente bajó esa solidez silenciosa desde el techo indefinido. Por un rato imposible de medir. Quietas las baldosas, igualmente anónimo el hombre del diario, el hollín imperceptiblemente instalándose sobre las superficies, haciéndose tiempo, coloreando de mera duración todo lo que se quedara quieto. Durante un rato más siguió el silencio, hasta que por una grieta, por una fisura imperceptiblemente sonora, apareció la voz queda del más confiado de los oficiantes:

            - Y no es demasiado pronto para tu muerte, mi amigo Cortez...., lo lamentamos....

            Cortez parpadeó. Luego inclinó algo la cabeza hacia abajo, unos pocos grados, y pareció concentrarse en el diseño del piso que había sido la excusa del comienzo de esa extraña conversación.

            Pasaron nuevamente ratos de difícil medida. Hasta que el hombre, con increíble, con pasmosa lentitud fue incorporándose, muy despacio.

            Salió pausadamente, sin saludar.

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