CAUCultura Portal cultural · CAU
"Ray Charles" de Luis A. Fleitas Coya

"Ray Charles" de Luis A. Fleitas Coya

Equipo Editorial CAU

"Publicamos "Ray Charles" de Luis A. Fleitas Coya, corregido especialmente por el autor para esta publicación"

Ray Charles

Conocimos a Ray Charles en nuestro segundo o tercer año en el juzgado. Cuando lo veíamos bajar la escalera, a veces esposado, a veces entre dos policías, o a veces simplemente caminando acompañado por uno de ellos, empezábamos a decirnos: «Ahí viene Ray», y lo saludábamos de lejos con una sonrisa.

Él nos miraba y también ya venía a las risas.

—¿Qué hiciste, Ray?, —le preguntábamos—. ¿Te fugaste otra vez?

Y él seguía manso, riéndose, haciéndonos señas que esperáramos, que estaba todo bien, que ya nos contaría.

Así que se lo llevaban. A veces a las celdas de reclusión, cuando había hecho algo bravo, pero generalmente a una pieza que había en el fondo, al lado del archivo, en donde tenían a los menores menos peligrosos, al lado de un cuartito chiquito donde los milicos tomaban mate sentados y conversando.

Cuando lo llevaban a esa pieza y estaba solo, y alguno de nosotros pasaba rumbo al archivo y lo veía, entonces entraba a conversar con él. Poco rato después ya se había agregado algún otro y era cuando se armaba jarana.

Aunque, en realidad, la primera vez que lo habíamos hecho cantar había sido en los boxes donde tomábamos declaraciones. En un largo corredor, había una hilera de siete reparticiones de ladrillos, perpendiculares, cuyas paredes no le llegaban a uno más que hasta el hombro. Esas reparticiones donde apenas se podía pasar entre la pared y el escritorio, y donde además del escritorio con una máquina de escribir encima había una silla para el funcionario receptor y no más de dos para los que prestaban declaraciones, eran los boxes. Eran de un despojamiento y un ascetismo total. No había más objetos, salvo alguna estufa eléctrica a rulo que generalmente no marchaba o si marchaba, tampoco calentaba nada. Para colmo las paredes estaban pintadas de verde, todas descoloridas y descascaradas por la humedad. Y allí, entre esas paredes despojadas y tristes, transcurrían todas aquellas historias, las peores y las mejores que pasaban por el juzgado.

Casi nunca éramos más de tres los receptores. Jorge, Santiago y yo. Así que cuando no teníamos menores a los que tomar declaraciones, aquel era nuestro territorio. Jorge guardaba el mamotreto del Ulises de Joyce en un cajón de su escritorio, al que leía con pasión y con la tenacidad de un maratonista, para luego enfrascarse con nosotros en discusiones eternas tratando de convencernos de que se trataba de la novela y del novelista más grande del siglo xx. Santiago y yo, hinchas de Peñarol y Nacional, le argumentábamos su carácter de perdedor hasta en la literatura, pues era fanático de una novela que nadie leía, así como era hincha de un cuadro chico como Rampla que nunca le ganaba a nadie. Claro que nosotros también admirábamos el genio de Joyce —le concedíamos y él sonreía—, pero leer Ulises era peor que leer a Lezama Lima, que ya de por sí era imposible, le decíamos y él rabiaba. Luego las discusiones derivaban hacia las técnicas narrativas y Santiago, que no podía soportar las narraciones en primera persona, defendía a muerte el método indirecto y a su ídolo Vargas Llosa. Pero Jorge volvía otra vez a la carga: eso ya lo había inventado Joyce, decía, y entonces otra vez volvíamos al punto de partida de la discusión. Así transcurríamos en aquel espacio entre el trabajo, la literatura, el fútbol, las historias del juzgado y los exámenes de facultad.

No era la primera vez que Ray venía al juzgado e incluso, después, cuando nos interesamos más por su historia, vimos algunos expedientes suyos de varios años atrás, de cuando tendría ocho o nueve años. Pero aquella vez entró al box a declarar mostrando una sonrisa blanca y redonda encerrada dentro del óvalo marrón azulado de su cara y con unos enormes lentes oscuros, espectaculares y bullangueros. Jorge estaba escribiendo a máquina cuando lo vio ingresar. Lo miró, levantó la cara y se quedó con la mano derecha suspendida sobre el teclado, observando aquella visión estridente y en cinemascope, la sonrisa que le bailaba en la cara saltándosele para afuera, y los lentes, unos lentes estrambóticos, exóticos, unas manchas aún más negras que el resto de la cara. En aquella parte del juzgado estaban todas las luces eléctricas encendidas, porque funcionábamos en lo que había sido el sótano de un antiguo banco, donde no llegaba ni un solo haz de luz natural.  Jorge acabó de mirarlo y le dijo: «Qué solazo, ¿eh?». El gurí se rio y se sentó en la silla frente a Jorge, separados por el escritorio y la máquina de escribir. El milico Martínez, que lo había llevado hasta allí también se rio. Yo estaba del otro lado de la pared, en el otro box. Me levanté y miré por encima de la pared, hacia el box de Jorge, que me hizo señas hacia el que estaba sentado frente a su escritorio. «Parece Ray Charles», dijo. El muchachote volvió a esgrimir aquella sonrisa suya, ahora un poco bobalicona. Se veía que ni sabía quién era Ray Charles, y posiblemente nunca lo supo, más allá de que alguien le pueda haber dicho que Ray Charles era un cantante.

Pero entonces, cuando Jorge le dijo a continuación: «Bueno, Ray, contame qué fue lo que hiciste», comenzamos a escuchar algunas de las sartas de mentiras más fluidas y fantásticas que habíamos oído hasta entonces, contadas de la forma más simpática y a las risas por aquel adolescente miserable e ignorante, que lo único que había recibido de la vida eran palos. Ray contaba que había andado en negocios, sí, de venta de condones, pero un socio, el Ñeñe, lo había estafado, se había llevado toda la guita, y él, Ray, había tenido que volver a vender ballenitas de camisas y estampitas en los ómnibus. Así se había pasado un mes o más, durmiendo en las plazas y por ahí, hasta que un tipo de mucha guita que iba en un auto cero quilómetro un día lo paró en la calle para que le hiciera un mandado. Le dio plata para él y un paquete para llevar a una dirección. Él nunca había visto a ese tipo en su vida, no, pero aceptó porque tenía hambre de varios días. Llevó el paquete pero luego no supo nada más. Entonces lo había detenido la policía y él sin saber por qué. Así que pidió para hablar con el comisario y ahí fue que no solo vino el propio comisario para escuchar lo que él tenía para contar, sino hasta el inspector principal. El inspector dijo que había conocido a su padre y quería que lo trataran bien, porque su padre había sido suplente en Peñarol en el año cincuenta y siete.

La o las historias de Ray seguían y se ramificaban por todos lados. Hasta que de pronto arranca con el estribillo de una canción de Los Iracundos. «Bien, bien», dice Jorge y aplaude, y me llama a mí para que lo escuche cantar y Ray, obviamente, se desgañita cantando. Tenía una voz chillona y él la ponía acaramelada. El resultado era desastroso. Nosotros lo aplaudíamos con fervor. Esa tarde se recorrió casi todo su repertorio, trozos de canciones románticas, populares, cumbiambas de pésimo gusto, Palito Ortega. Él se reía con nosotros mientras cantaba, pero igual lo hacía con todas las ganas. Nunca supimos si  creía de veras que cantaba bien, o lo hacía como un juego, o porque se divertía tanto como nosotros. Lo cierto es que, desde entonces, se volvió un personaje.

Ray tendría dieciséis o diecisiete años. Tenía tras de sí una historia muy triste y deprimente. Eran ocho hermanos. La madre los había abandonado de muy chicos y se dedicaba a la prostitución. Ray, ahora, la veía a veces muy de cuando en cuando en la calle y la mujer lo trataba con total indiferencia. De su padre prácticamente no sabía nada; le habían dicho que tal vez fuera un borracho que de a ratos cuidaba autos en las calles de la Ciudad Vieja, o se ponía de bichicome por los baldíos chupando hasta alcohol azul. Él y sus hermanos se habían criado en la calle, haciendo cualquier cosa. Robando, pidiendo dinero en los bares a la gente, vendiendo cosas en los ómnibus. Todos, internados desde chicos en el Consejo del Niño. Él se fugaba. Lo atrapaban. Estaba un tiempo. Se volvía a fugar. O de repente alguna asistente social lo entusiasmaba con algún proyecto, algún trabajo o curso nocturno. Pero nada resultaba y al tiempo volvía a delinquir, lo atrapaban, volvía al Consejo y así siempre.

—No tenés acomodo, Ray —le decíamos. Y él respondía con su sonrisa en tecnicolor. Así que cuando lo traían al juzgado, dos o tres veces al año, siempre nos preparábamos para que nos mintiera un poco, pero por sobre todo, para que cantara. Nunca lo comentamos entre nosotros, pero estoy seguro que a él le gustaba aquello y, además, que le dijéramos Ray Charles. Creo que nadie lo trataba como nosotros, jovialmente, de igual a igual, y en el fondo con cariño. Ignoro lo que sentiría él por nosotros.

No lo vimos esa vez que Martínez lo trajo, esposado, porque se había metido hasta el cuello en un asunto muy feo. Lo habían conducido a las celdas y luego pidió para ir al baño. Lo llevaron al bañito del fondo que estaba en una zona totalmente aislada y solitaria, entre el cuarto de los milicos y el archivo, donde raramente andaba alguien. Parece que Ray esperó pacientemente a que el policía que lo había acompañado se distrajera conversando con González que estaba tomando mate en el cuarto. Cuando no lo miraban se escurrió sigilosamente por un pasillo y subió por una escalera interna hacia la planta baja, donde funcionaba el resto del juzgado. Desde allí, subió por otra pequeñísima escalera hasta la planta alta y luego a la azotea. Tomó impulso, pegó una pequeña carrera por el techo y luego se lanzó por encima de la cornisa del viejísimo edificio y se estrelló limpiamente contra el asfalto de 25 de Mayo. Y allí quedó despatarrado y hecho un grumo oscuro  durante varias horas, mientras vino la policía y el juez, y la técnica realizó las pericias, escrachado en la calle en plena tarde de otoño, frente a todas las autoridades que lo habían acusado, juzgado, aconsejado, penalizado, rehabilitado, internado. Frente a los juzgados de menores —a la vuelta de los juzgados penales— con su pátina de antigüedad mohosa de los tiempos de la colonia. Y frente a nosotros, que lo miramos con desesperación, con rabia, cuando salimos corriendo hacia afuera, espantados, a media tarde; y que a las seis cuando salimos del juzgado, ya solo lo relojeamos de refilón, con tristeza. Y nos fuimos a tomar el ómnibus.

---

Publicado en La caza de la mulita y otros relatos (AMF, 2016) y en la antología 25/40 (Banda Oriental, 2018)

Artistas mencionados en este artículo

Artículos Relacionados

"Bruma" de Luis Fernando Iglesias

"Bruma" de Luis Fernando Iglesias

La Comisión de Cultura tiene el privilegio de contar entre sus integrantes a Luis Fernando Iglesias, destacado abogado, docente, periodista cultural y escritor, quien ha enviado generosamente tres cuentos para publicar en CAUCultura. Publicamos hoy el primero.

Leer