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Tres cuentos de Lylian Rodríguez Méndez

Tres cuentos de Lylian Rodríguez Méndez

Equipo Editorial CAU

""El hallazgo", "Juan y René", "Una caminata diferente""

UN HALLAZGO

Estrellita entraba y salía constantemente y cada vez se detenía delante de Lourdes, mirando muy fijo su rostro.

            “No sé qué le pasa, algo me quiere decir”, -ella pensaba-, pero su atención estaba centrada en la telenovela.

            La luz caía lenta aquella tarde, parecía comprometida con la inquietud de Estrellita.

            Lourdes salió al jardín y comenzó a regar las plantas. Recortaba hojas, arrancaba yuyos y volvía a cargar la regadera una y otra vez. Aún, distraída con los matices de la primavera, advirtió que Estrellita llorisqueaba y hacía ademanes con su cabeza. Recién ahí, recordó que cuando miraba la comedia, más de una vez había querido decirle algo.

            ¡Serán las ratas! ¡Otra vez!...

            Dejó de regar. Guardó las herramientas de jardinería que había sacado del garaje y cerró la puerta. Parada en el portal comenzó a observar a donde se dirigía Estrellita.

            -¡La alcantarilla!, ahí va, ¡son las ratas! Otra vez esas desgraciadas están enfrente y como siempre, ¡nadie se ocupará de exterminarlas!

            -Estrellita, Estrellita, aquí, aquí…

            Esta vez la Colie de la Frontera no obedecía.

            Agazapada al borde de la cuneta intentaba meter la cabeza en el canal de desagüe.

            “Lo único que faltaba. ¿Habrán tirado crías de gato otra vez?”

Volvía al tranco y meneaba la cola, cabeza agachada y lomo hundido. Llorisqueaba.

            -¿Será posible? Siempre encontrás algo. ¿Por qué no dejás que vaya otro perro? total hay tantos en el barrio.

            El codo izquierdo apoyado en el muro de entrada y el puño derecho sosteniendo el mentón, así cavilaba, mientras Estrellita volvía a cruzar la calle.

            Lourdes estaba cansada de hacer de San Francisco de Asís. Ella era la única que ubicaba todos los animales que aparecían abandonados. No obstante, algo nerviosa porque la luz se extinguía, pensaba donde colocaría esa noche al o los candidatos de turno. Al fin, se decidió, entró en la casa, buscó la linterna, tomó una bolsa y los guantes de látex y salió.

            Estrellita la guiaba. Ambas cruzaban la calzada de bitumen y al llegar a la alcantarilla Lourdes se remangó los pantalones y se sacó las sandalias. Se deslizó con cuidado, agarrándose de los pastos. Recién entonces prendió la linterna, conocía muy bien el canal y sabía que estaba seco.

Sacó el bulto de trapos del caño, se estiró lo más que pudo y lo subió al borde de la calzada. Con mucho esfuerzo logró trepar el terraplén. El llanto la estremeció.


                                                            JUAN Y RENÉ

Juan despierta cansado, suspira, se restriega los ojos, estira todo el cuerpo, es algo que siempre hace antes de levantarse. Se sienta unos minutos al borde de la cama.

            Después del desayuno cuenta a René, su compañera de toda la vida, su sueño.

            -Había mucha tensión, estábamos nerviosos porque la policía estaba afuera esperando que cediéramos.

            -Juan, Juan, no pienses más en lo que pasó.

            -No pienso, sueño, ¿qué día es hoy?

            -Martes tres de noviembre, concentrate en el hoy.

            -Era abril del noventa y nueve cuando nos dijeron que producir vidrio no era rentable.

            -Dejá eso atrás, viví hoy.

            Juan guarda en su memoria lejana aquellos cuatrocientos días que vivió encerrado en la fábrica junto con ciento noventa y nueve trabajadores más. Tensión, desasosiego, malestares estomacales y un suicidio grotesco. Se cansaron de limpiar una y otra vez todo el edifico, de mantener encendidas las máquinas. Y más que nada, se cansaron de mirarse unos a otros como espejos de sus desgracias.

            -Andá a lavarte la boca, enjuagá bien la dentadura, Caminá derecho.

            Él balbucea: -El Chicho y otros compañeros me contaron cuando entré en el cincuenta y nueve que la máquina automática para fabricar botellas que había venido en el treinta y siete fue todo un éxito. Y la máquina para envases de vidrio  traída de Estados Unidos en el cincuenta, un adelanto extraordinario.

            -¿Te acordás del Chicho René?

            -Sí, hace veinte años que murió.

            Se peina mirándose en el espejo. Cuenta las arrugas de su rostro apoyando su dedo índice en cada pliegue. Cuando llega a diez frunce el ceño y sale del baño. Arrastra los pies hasta llegar al living.

            -Te dije que no arrastraras los pies.

            -Y si me caigo, como cuando resbaló aquel tambor de aceite. Quedé todo embadurnado y casi perdí una pierna.

            -Ya, ya, sentate de una vez, enseguida te llevo el diario.

            -¿Y para qué? Casi no veo las letras, mejor la tele, es mejor escuchar el informativo, a lo mejor dicen si consiguieron los fondos para comprar la fábrica y poner en marcha el proyecto.

            -A esta hora no hay informativos. Terminá con el pasado. Andá a la terraza, sentate en la hamaca y mirá la calle, siempre pasan personajes interesantes.

            -¿Cuántos años tendrá Don José? Ah, ya no tiene, se murió, nuca supe cuándo. Dijeron que no llegó a ver la ampliación sobre Comercio. ¡Qué maravilla! toda la rama de la industria vidriera.

            -Ahora, vas a decir por enésima vez que el tal Don José fue un visionario al abrir aquel pequeño local en Asamblea, allá por novecientos catorce y que nunca viste. Siempre lo mismo, ¿no tenés otra conversación?

            Juan y René siguen viviendo en el barrio Buceo donde crecieron con los sonidos de máquinas, vapores y humo de dos grandes chimeneas, aquellas emblemáticas de Avda. Mariscal Francisco Solano López y Avda. Rivera, hoy sustituidas por dos grandes torres habitacionales.

            Ellos nacieron y jugaron en el espacio que ocupó el Teatro de Verano Tres Esquinas. Luego las dos familias se mudaron más cerca del mar.

            Para Juan las Cristalerías del Uruguay siguen en pie, fue su casa durante cuarenta años.

            -Juan, Juan escuchá Clarín. Te acordás de Tabaré Cardozo. Es la canción que dedicó a nuestro Buceo:

            -“Desaparecieron ranchos de lata con sus patios de malvones. Reuniones de canto y comida. La tranquilidad del mar cercano…”

            El progreso no es olvido, es seguir adelante con los sueños, con la felicidad de lo vivido y vivir para contarlo.

            Y el tiempo sigue pasando en la vida de estos ancianos.

            -Juan, ponete el vaquero más nuevo, la remera verde y la campera azul, te voy a llevar a la casa de Juana. ¿Te acordás cuando bajábamos a la playa Buceo? Siempre pasábamos por su casa.

            -Sí, hasta te escribí uno de sus poemas en un pedazo de papel de panadería y lo puse debajo de tu puerta.

            -Hoy la Comisión “Todos por Buceo” y la Intendencia le hacen un homenaje con una placa recordatoria por su aniversario.

            -¿En qué año vivió la Juana en esa casa? Cuando íbamos a la playa nunca la veíamos.

            -Uf, no la conocimos, solo sabíamos que aquella fue “su casa de felicidad” Creo que entre el novecientos veinticuatro y el novecientos cuarenta y dos.

            René había visto la cureña por Avda. del Libertador en mil novecientos setenta y nueve. Corrió desde su oficina para ver el último paso de Juana de Ibarburú, Juana de América. Levantó su mano derecha dándole el adiós.

            Juan dejó a René en un sueño, con el ceño relajado y un algo de felicidad.

Seleccionado en el XIII Concurso de Cuentos Cortos de Personas Mayores, Montevideo: 300 Años de Vivencias, IMM, publicado en Dbre.2024


UNA CAMINATA DIFERENTE

Hoy voy a caminar, necesito hacer ejercicio y el clima es apropiado para caminatas.

Me paro un momento en la entrada de mi edificio a mirar la gente que pasa.

            ¡Ah!, que lentes lleva ese joven, bueno no tan joven. Lo alcanzaré. Camina algo rápido. Me emparejaré a su lado y podré ver más de cerca eso tan especial.

             Ay, un árbol, quedé atrás. Voy a apurarme, ya se adelantó.

            Ahora sí, ya estoy a su lado. Debo decir algo o quien sabe qué pensará de mí.

            –Señor, perdón, que lentes tan lindos lleva, ¿tienen radio y celular?

           –¡Qué decepción! No se preocupe. –Mi cara debió cambiar. –Para mí es una alerta, si usted se dio cuenta, los ladrones estarán al acecho.

–¡Ay!, perdón por mi indiscreción. Es que me parecieron fantásticos.  Llamaron mi atención los cristales tornasol con las patillas naranja. No vi aros ni bisagritas y me pregunté ¿cómo se sostienen esos cristales? Después al caminar a su lado descubrí la tecnología, ya sabía de su existencia.

            Se detuvo por mí, se los sacó para explicar algo. ¡Madre mía! ¡Qué ojos celestes! ¡qué pestañas castañas!

            –Es cierto lo que dijo. Ve esta patilla derecha, se corre esta traba y enciende la radio, solo FM.  Aprieto el primer botón, este, cerca del armazón y cambia la estación y así, todas las veces hasta encontrar la frecuencia que me guste. –El armazón es transparente por eso no lo vi.

–¡Espectacular, espectacular!

–Se apaga corriendo la traba en sentido inverso.

–¡Fantástico!

–En la patilla izquierda está el celular. Como observará ocupa toda su extensión. Para prenderlo aprieto el primer botón, este, y ya está conectado. Si alguien llama lo escucho y si no quiero contestar espero a que grave el mensaje y en algún momento al llegar a casa le pondré más atención. Si me interesa hablar en ese momento aprieto el segundo botón y se acciona el micrófono. Ve, este.

Ya no ponía mucha atención al funcionamiento, miraba el flequillo rubio sobre el costado izquierdo de su frente. ¡Madre mía! y ¡qué coiffeur!, tiene una flor recortada bajo la sien derecha. La izquierda tal vez tendrá otra. Sería insolente si le pido verla.

–Realmente sensacional, los avances tecnológicos son grandiosos. ¿Los chinos verdad?

–Tecnología japonesa, aunque los chinos también la tienen. Seguimos caminando, voy hasta la rambla.

–Yo también. ¿Dígame, cómo los adquirió?, si no es mucho preguntar.

–A través de internet, se los pedí a mi despachante de aduanas que tiene una casilla en Florida, Miami y de ahí viene a Uruguay.

–¡Ah!, me imagino que su casa está al completo con lo tecnológico.

–No, me falta un robot que haga de mucama para tener limpio y en orden el apartamento. Yo no estoy en todo el día, así que, mi empleada viene solo una vez a la semana, no permito extraños solos en mi hogar.

–¡Ah!, no tiene señora o compañera.

–No, se fue hace un año.

–Lo lamento.

–No lo lamente, ya lo superé y me sirvió de experiencia. Se fue porque no soportaba que le dedicara tanto tiempo a lo tecno y que los fines de semana la casa estuviera llena de amigos. Se fue con otro.

–¡Ah!... Lo dejó por otro.

Si tuviera veinticinco años menos…

–Fue mejor así, murió hace poco de un cáncer de páncreas no detectado a tiempo. Yo hubiera sufrido mucho de estar a su lado.

–Supongo que su trabajo tiene que ver con el interés por los aparatos de última generación.

–Soy Ingeniero de Sistemas. Y ¿usted a que se dedica?

–Soy escritora, sin más preocupación que las letras. Y ¿usted lee?

–Muy poco, Que interesante lo suyo.

¡Qué hombros! Y ¡qué brazos!, las manos, ¡qué delicadas! Debe medir como un metro ochenta y cinco. ¡Ah!, que pies más grandes.

–Si le cuento la historia de mi vida tiene para una novela.

–¿Es tan jugosa?

–Bueno, no es que sea como las frutas, no es muy fácil de digerir.

–¿Dígame? Me quedó una pregunta por hacerle. Si su empleada va un solo día y vive solo. ¿Cómo se arregla para mantener todo en orden?

–Ja, ja, ja. Todo lo contrario, de ahí, mi preocupación por un robot. Por ahora, me arreglo con la aspiradora inteligente para los pisos, pero arriba está el caos. La seca vajilla siempre está llena y las piletas de la cocina con montañas de todo tipo de utensilios. La mesada no da abasto. La cama sí, la ventilo y hago todos los días, no me pidan nada más.

–Y ¿la comida?

–Vuelvo para la cena, así que, retiro los congelados del freezer o traigo alguna pizza que compro cuando vengo de regreso. Después, me pongo a cumplir con mi trabajo particular.

–Eso no es vida, solo trabajar, no es sano. Supongo que tendrá vacaciones en el Caribe, algún crucero o algo más.

–¿Solo?, no me pasa por la cabeza. Y mis amigos son todos casados con hijos. Siempre me invitan a sus casas de veraneo, pero no es para mí estar en familia, que no es la mía.

–Entonces, ¿tiene algún familiar?

–No, en Uruguay no tengo a nadie.

–¡Ah!, le hace falta una compañera. Tal vez si viajara solo, la encontraría.

–No lo creo, me gusta más un encuentro casual como el nuestro. ¿Le gustaría salir conmigo a cenar el sábado?

–Eh, eh, bueno, creo que debo aclarar. Mi atrevimiento no fue en busca de una conquista.

Si tuviera veinticinco años menos, no me lo pierdo.

–No me mal entienda, yo no pensé eso en ningún momento. Es que usted me resulta muy agradable. ¿Cómo se llama?

–Lili, digo Luciana, pero me dicen Lili. ¿Usted cómo se llama?

–Reinaldo. Lili ¿aceptaría ir a cenar el sábado? Sería un buen restaurante, algo fino, con música suave, lindo, como usted.

¡Qué calor!, siento vergüenza, que loca he sido.

–Debo pensarlo, soy muy mayor para hacerle compañía. Pienso que quedaría mal visto. ¿Deme su teléfono?, lo llamo si acepto.

–No tengo prejuicios de ningún tipo. Me sentiría halagado poder salir una noche con alguien interesante como una escritora y además, linda.

–Muchas gracias por el cumplido. Hasta pronto.

–Espero su llamada.

Espere, si espere, sentado. Voy a seguir caminando.

Artistas mencionados en este artículo

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